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¿Por qué sigo reaccionando así con mi hijo si sé perfectamente que no quiero hacerlo?

crianza crianzaconsciente disciplina gritos maternidad Sep 03, 2026

Sabes que gritar no ayuda.

Sabes que tu hijo está enojado, frustrado o desbordado.

Sabes que probablemente necesita que tú estés más tranquila.

Incluso sabes qué podrías decir.

Y aun así, a veces gritas.

O amenazas. O dices esa frase que juraste que nunca ibas a decir. O entras en una discusión absurda con un niño de siete años y, en algún momento, mientras discutes, una parte de ti piensa: ¿Qué estoy haciendo?

Creo que esta es una de las partes más desconcertantes de la crianza.

Saber algo no significa necesariamente que podamos hacerlo cuando lo necesitamos.

Y esto importa, porque cuando pensamos que el problema es que nos faltan herramientas, hacemos lo más lógico: buscamos más.

Leemos otro post. Escuchamos un podcast. Guardamos una nueva estrategia para poner límites. Aprendemos qué decir durante una pataleta.

Todo eso puede servir.

Pero a veces sabemos muchísimo y seguimos reaccionando de maneras que no nos gustan.

Entonces quizás vale la pena mirar otra cosa.

No llegamos “en blanco” a las situaciones con nuestros hijos

Imagina algo bastante cotidiano.

Son las 7:40 de la mañana. Tienes que salir.

Tu hijo todavía no se viste.

Se lo has pedido varias veces. Primero amablemente. Después no tanto.

Finalmente responde:

—¡NO ME QUIERO VESTIR!

Objetivamente, hay un niño que no se está vistiendo.

Pero eso no es todo lo que está pasando.

Quizás tú dormiste mal. Tienes una reunión a primera hora. Ya van tres mañanas iguales. Te preocupa que tu hijo sea poco responsable. Te desespera llegar tarde. O creciste en una casa donde hacer caso a la primera era importantísimo.

En otra familia, exactamente la misma conducta puede activar algo completamente diferente.

y esto es una realidad en la crianza: nuestros hijos hacen cosas, pero nosotros les damos significado. Y ese significado va cargado de emociones, de historia, de miedos, de ideas (no de realidad, necesariamente)

“No me escucha.”

“Me está desafiando.”

“Le da lo mismo todo.”

“Si no hago algo ahora, esto va a empeorar.”

“¿Cómo puede costarle tanto algo tan simple?”

Y aquello que creemos que está ocurriendo influye en cómo nos sentimos y en cómo respondemos.

Por eso dos adultos pueden enfrentarse a la misma conducta de un niño y reaccionar de maneras completamente distintas.

Hay cosas de nuestros hijos que nos tocan más que otras

Todos tenemos nuestros puntos sensibles.

Hay padres a quienes les cuesta muchísimo tolerar el llanto.

A otros les desespera la lentitud.

A otros, que sus hijos les contesten.

El desorden. La falta de esfuerzo. La dependencia. El miedo. La rabia. Que no se defiendan. Que se defiendan demasiado.

Y muchas veces ponemos una enorme cantidad de energía precisamente ahí.

No necesariamente porque esa sea objetivamente la dificultad más importante de nuestro hijo, sino porque hay algo de esa conducta que nos pasa a nosotros.

Nuestra historia importa.

También nuestras expectativas, nuestros miedos, nuestras creencias sobre lo que significa ser una buena madre o un buen padre y lo que imaginamos que nuestros hijos deberían llegar a ser.

Esto no significa que todo lo que hacemos esté determinado por nuestra infancia ni que haya que buscar un trauma escondido detrás de cada reacción.

Significa algo bastante más sencillo: nosotros también estamos dentro de la relación.

Y si queremos entender lo que ocurre entre nuestros hijos y nosotros, no podemos mirar solamente al niño.

La investigación sobre mentalización parental va justamente en esta dirección: la capacidad de los padres para pensar tanto en los estados internos del hijo como en los propios se relaciona con una parentalidad más sensible y con distintos indicadores positivos de la relación padre/madre-hijo. No se trata de “adivinar” qué siente el niño, sino de poder preguntarnos qué podría estar ocurriendo detrás de lo que vemos, manteniendo abierta la posibilidad de estar equivocados.

El problema es que esto es mucho más fácil de hacer cuando estamos tranquilos

Podemos comprender perfectamente que un niño de cinco años tiene recursos de regulación todavía en desarrollo.

Hasta que lleva veinte minutos gritando.

Podemos creer profundamente en acompañar las emociones.

Hasta que estamos agotados y esa emoción aparece justo cuando necesitamos salir.

Podemos querer ser madres pacientes.

Hasta que nuestro sistema nervioso también se activa.

Y ahí nuestras posibilidades se achican. Tenemos muchos más posibilidades de reaccionar, en lugar de decidir cómo actuar.

La capacidad del adulto para regular sus propias emociones influye en cómo responde a sus hijos. Cuando estamos muy cansados, frustrados o desbordados, suele ser más difícil escuchar, mantener la calma y actuar de una manera coherente con lo que queremos enseñar. La investigación ha encontrado una relación entre la regulación emocional de los padres y la forma en que ejercen la crianza, aunque esta relación no es automática: también depende del contexto, del apoyo disponible y de las características de cada familia.

Por eso me cuesta pensar la crianza únicamente como un conjunto de técnicas que aplicamos sobre nuestros hijos (o sobre nosotros mismos).

No somos observadores externos tratando de regular a un niño. Somos dos personas participando de una interacción.

Y a veces son dos sistemas nerviosos bastante poco felices de encontrarse ahí.

Entonces, ¿tenemos que estar regulados todo el tiempo?

No.

Y creo que esta expectativa puede transformarse en otro problema.

No vamos a responder siempre como nos gustaría.

Vamos a cansarnos.

Vamos a interpretar mal.

Vamos a decir cosas de las que después nos arrepentiremos.

Vamos a tener días en que tendremos muchísimos recursos y otros en que tendremos bastante pocos.

Una crianza consciente, al menos como yo la entiendo, no consiste en transformarnos en adultos eternamente calmos capaces de responder perfectamente frente a cada necesidad de nuestros hijos.

Me interesa bastante más esto:

la capacidad de darnos cuenta.

Idealmente, algunas veces antes.

Otras, mientras está ocurriendo.

Y muchas otras, después.

Porque darse cuenta después también cuenta.

Después todavía podemos hacer algo

Podemos volver.

Podemos decir:

“Antes te grité y no me gustó cómo te hablé.”

Podemos explicar sin justificarnos.

Podemos escuchar qué le pasó al otro.

Podemos pedir perdón.

Podemos reparar.

Y también podemos preguntarnos qué ocurrió para que termináramos ahí otra vez.

No para castigarnos ni para concluir que somos malos padres.

Para conocer mejor esa dinámica.

Porque si siempre terminamos en el mismo lugar, probablemente hay algo que todavía no estamos viendo.

Quizás no necesitas saber más sobre crianza

Quizás sí.

Pero también puede ocurrir que ya sepas bastante.

Que el problema no sea que todavía no encontraste la frase correcta, la consecuencia correcta o la estrategia que finalmente hará que tu hijo coopere.

A veces necesitamos mirar la situación con un poco más de distancia.

Entender qué está pasando con nuestro hijo.

Pero también qué estamos interpretando nosotros, qué nos preocupa, qué esperamos, qué se nos activa y cómo todo eso termina armando una dinámica entre ambos.

Para mí, ahí empieza una parte muy interesante de la crianza.

Porque dejamos de preguntarnos solamente:

“¿Qué tengo que hacer para que mi hijo cambie?”

y empezamos a preguntarnos:

“¿Qué está pasando acá?”

Y esas dos preguntas pueden llevarnos a lugares muy distintos.

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